|
|
|
|
|
Cuentos
Animales o Humanos
La mayoría de los grandes hombres han sido bondadosos y han amado a los animales. Los ejemplos de la vida de un gran hombre, Sri Ramana Maharshi el gran sabio del sur de la India, son notables.
El amor de Bhagavan Sri Ramana atrajo hacia él no sólo a devotos cercanos y de lugares remotos sino también animales. Su ashram era la casa de perros, vacas, monos, pájaros, ardillas, pavo reales y muchos otros animales. El les prodigaba la misma atención y amor que tenía para la gente que iba por su darshan y bendiciones. El nunca se refería a un animal como animal sino como a una persona, siempre como él o ella.
- ¿Ya comieron los muchachos hoy? - preguntaba amorosamente acerca de los perros. De hecho, era una regla en el ashram que a la hora de la comida fueran alimentados primero los perros, después los pordioseros y al final los devotos.
Una vez, una mona se acercó al Maharshi con su cría. Los devotos trataron de alejarla porque pensaban que podría perturbar la paz en el salón de oración, pero el Maharshi les dijo: - déjenla entrar, no la detengan. Ella ha venido a presentarme a su hija y a recibir mis bendiciones como lo hacen ustedes.
Había una vaca en el ashram. El Maharshi la llamó "Lakshimi". Incluso en las reuniones de devotos iba directo al Maharshi sin tomar en cuenta a nadie pues estaba segura de que él siempre le estaría guardando plátanos o alguna otra fruta. Ella se convirtió en la mascota de todos en el ashram. Más tarde, de Lakshimi nacieron varias terneras, tres de ellas en el cumpleaños del Maharshi.
Cuando Lakshimi se hizo vieja un día se sintió enferma; su fin parecía estar cerca. En ese momento el Maharshi fue hasta ella y le dijo: - Madre, ¿quieres que esté cerca de tí? - se sentó junto a ella y puso su cabeza en su regazo. Colocó una mano en su cabeza y la acariciaba con la otra. Poco después Lakshimi dejó su cuerpo, completamente tranquila. Después de que se le hicieron todos los ritos religiosos como se hacía a los seres humanos, fue sepultada en el terreno del ashram, cerca de las tumbas de un ciervo, un cuervo y un perro. Sobre la tumba de Lakshimi fue colocada una piedra cuadrada sobre la que se colocó una pequeña imagen de ella.
Tal era la compasión, amor y respeto que este gran sabio tenía por los animales.
Fuente: Revista "El Buscador y sus caminos" Vol. 13 No. 6.
El Testamento de Blemie
Por Eugene O'Neal
Yo Siherden Emblem O'Neal, a quien mi familia y amigos me llaman Blemie, a consecuencia de mi edad y de las enfermedades que me agobian, transmito a la mente de mi amo lo que deberá ser mi última voluntad y testamento.
En el aspecto material, tengo poco que dar, los perros somos más sabios que los hombres y no conferimos gran valor a los objetos. Los perros no desperdician su vida acumulando propiedades, ni sufren de insomnio preocupándose por como conservar lo que tienen y, adquirir lo que desean.
No tengo nada valioso que dar excepto mi amor y mi fe, y eso lo lego a quienes me amaron.
Pido a mis amos que me recuerden siempre, pero que no lamenten mi partida durante demasiado tiempo. Durante toda mi vida procuré ser un consuelo en los tiempos difíciles y un motivo adicional de alegría. Me resulta amargo pensar que mi muerte pueda causarles dolor.
Ahora que estoy ciego, cojo y sordo y hasta mi olfato me falla, siento que la vida me castiga por quedarme más tiempo del conveniente.
Debo despedirme antes de que me convierta en una carga para mí mismo y para los que me aman. Será una pena dejarlos, pero los perros no le tenemos miedo a la muerte, la aceptamos como parte de la vida, ¿quién puede saber que hay después de la vida?.
Junto con todos mis compañeros dálmatas que son mahometanos devotos, me gustaría saber que hay un paraíso en donde siempre es uno joven, donde todo el día juega uno con hermosas huríes llenas de manchas, donde cada hora feliz, es hora de comer, un lugar en donde todas las noches hay un millón de chimeneas encendidas y, ante las cuales puede uno enroscarse, parpadear, soñar y recordar los viejos tiempos vividos en la tierra y el amor de nuestros amos.
Pero temo que es demasiado pedir, hasta como un perro como yo, pero al menos estoy seguro de la paz. Quiero hacer una última petición: he escuchado decir a mi ama "cuando muera Blemie no volveremos a tener otro perro".
Por lo que me han querido, yo les pido que tenga otro, no tenerlo sería un tributo muy pobre en mi memoria. Me gustaría sentir que habiéndome tenido ya no podrían vivir sin un perro.
A él, le dejo mi collar, mi correa y mi suéter. Y una última palabra de despedida: siempre que pasen por mi tumba, piensen con felicidad: "Aquí yace el que los amó".
|
|
|
|
|
|