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Entrevistas


Los perros de la urbe


Han surgido organismos defensores, pero se topan con ambigüedades en las normas y la violencia de algunos dueños


Humberto Ríos
Milenio
5 de febrero de 2006


Entrevista MilenioSon centenares de perros callejeros. De todas las razas. Sanos y enfermos. Fueron echados o extraviados por sus amos. Se alimentan alrededor de fondas y taquerías, o en alguna esquina devoran migajas de señoras piadosas. Los adoptan niños que deambulan en similares condiciones. Y cohabitan bajo puentes. En parques. En predios ruinosos. El cobijo es mutuo; su lealtad, sin límites. Sobre todo en épocas de frío y lluvia. También hay muchos que, apersogados en patios y azoteas, un día sucumben frente al desprecio.

Y ruedan las perreras. Se trata de camionetas que recorren las calles en busca de canes andariegos. De ellas bajan hombres con lazos que penden de tubos. A veces responden al llamado vecinal o sólo cumplen su tarea de caza. Es mucha la resistencia de los animales para no dejarse llevar al matadero, de modo que se arman trifulcas en plazas, callejones e inhóspitos solares. Hay espectadores que, sin embargo, se oponen a la batida contra los cuadrúpedos, considerados propiedad "de todos y de nadie".

- ¿Por qué mejor no encierran a los dueños?

- ¿Cuáles dueños?

- De los perros.

- No tienen dueño...

- Pero tuvieron.

Y es que hay personas que por las noches los retienen para custodiar casas, pero al amanecer los lanzan a la calle; saben que regresarán cuando caiga la noche. Habrá ocasión en que no vuelvan pronto, cierto, más aún si en su camino se cruzó un amor que les perturbó el sueño. Pero regresarán. Siempre regresan… a menos de que los atropelle un carro -poco probable en una ciudad donde los perros son más cuidadosos que ciertos peatones-, o que ingieran algún veneno.

Cada sabueso tiene su historia -los gatos, que saltan cualquier obstáculo, son autosuficientes, aunque algunos dueños les arrancan las pezuñas-, y hay testigos que a partir de observar el desprecio a los animales se propusieron formar agrupaciones de defensa, pero se han metido en broncas de banqueta con presuntos propietarios, que enarbolan un supuesto derecho a maltratar.

Pero son pocos los defensores de animales que practican karate, como el "cinta negra" Gustavo Larios Velasco, quien una mañana se acercó a un espectador que, acompañado de un bull terrier, observaba los entrenamientos desde las gradas de un gimnasio. Larios acarició al animal.

-Es de pelea; ya le estoy dando sus vitaminas -comentó el dueño del animal.

-¿Por qué haces eso? -preguntó Larios.

-Porque me gusta la emoción.

Larios Velasco invitó al individuo a un espacio de la escuela para "experimentar", así dijo, la emoción de combatir con él, pero el sujeto no le hizo caso. Larios le insistió al dueño del cachorro que aceptara el reto, ya que era "una buena forma de sacar su cólera a través de un deporte de contacto y así evitaría dañar a otros seres, a los que se les sometía a sufrimiento y muerte…"

- ¿Y él qué le contestó?

- De nuevo apareció la cobardía -responde Larios-, pues la agresión parece ser un signo inexorable de los violentos, especialmente cuando la posibilidad de respuesta del o los afectados es muy poca o nula.



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El maltrato hacia los animales, "por fortuna", no se puede generalizar, "pues sí hay mexicanos sensibles", dice Gustavo Larios, presidente -fundador de la Asociación Mexicana por los Derechos de los Animales, AC (http://www.amedea.org.mx), pero una conducta contraria "es muy común, y se manifiesta en los adultos y en niños a partir de cierta edad, mostrándose ante los animales temerosos o agresivos".

Egresado de la Facultad de Derecho de la UNAM y diplomado en Ecología y Desarrollo Sustentable de la Ibero, Larios asegura que en nuestro país hay un serio problema educativo en ese sentido, pues "los niños más pequeños se manifiestan amorosos hacia los animales, pero su contaminación es rápida por la influencia de padres o maestros".

La organización que dirige Larios, según la página de Internet, tiene una diversidad de servicios gratuitos, como rescates de mascotas, asesoría legal, consultas con veterinarios, "sacrificio humanitario" y campañas de sensibilización y esterilización. "Hay una importante cantidad de leyes en el país que sancionan el trato cruel, pero la impunidad sigue imperando", dice el jurisconsulto.

Sin embargo, hay fallas de previsión y sanción, así como lagunas en competencias y atribuciones, comenta Larios, "pero el problema no es tanto de leyes, sino de autoridades: no hay capacidad profesional y menos ética en la mayoría de los servidores públicos que están obligados a aplicar las normas legales que tutelan a los animales de la brutalidad humana. Suelen identificarse más con el delincuente o infractor, que con el denunciante o con el animal víctima de la barbarie".

Larios relata que ha visto a extranjeros pasear perros criollos, en tanto que el mexicano promedio se avergüenza de hacerlo. "El fenómeno del estatus o la 'apariencia' no sólo abarca ropa o autos, sino que incluye a seres vivos…" No obstante confía en que es muy posible generar un cambio, pero se debe trabajar con los niños, aunque "también vale la pena intentarlo con los adultos".

Luego resalta "la inteligencia y sensibilidad de los animales no humanos", y ejemplifica con perros que salvan niños en incendios o de ataques de serpientes.

Relata que una ocasión, en Cuernavaca, "en lo que esperaba el apoyo de amigos defensores para recoger a una yegua y su potrillo que se encontraban en situación de abandono -ocasionado por un ataque de perros ferales al pequeño-, acerqué una cubeta con agua al equino para que bebiera, pues había un sol ardiente y el apoyo tardaba. Mi sorpresa fue que lejos de beber el agua, la madre se la pasó tomando el líquido para esparcirlo sobre el cuerpo de su cría".



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Marco Antonio Bernal y Karina Villaseñor, además de ser músicos -su grupo se llama Luna y Sol- se dedican a rescatar animales. Siempre están alertas en su cuartel general de la colonia Algarín, donde tienen una ambulancia. Desde niños han protegido perros callejeros. Fue hace dos años cuando se dieron a la tarea de contactar organismos no gubernamentales. Dejaban mensajes, pero unos no les hacían caso y otros les pedían donativos. Ellos querían convertirse en activistas. Hasta que un día les habló Gustavo Larios, de la AMEDEA, y se volvieron "voluntarios por amor a los animales".

Empezaron como coordinadores de Inspecciones y Emergencias. "Si había crueldad, levantábamos un reporte", dice Villaseñor, quien asegura que el 80 por ciento de los denunciantes prefiere hacerlas desde el anonimato, algo que a ellos no les sirve de nada, ya que es necesario tener testigos ante el juez cívico. El mayor número de reportes sobre crueldad es contra perros callejeros y de azoteas. Sin embargo es difícil en una casa, pues el seguimiento es demasiado burocrático.

Y a pesar de las trabas han ganado algunos casos. Incluso se han arriesgado. Villaseñor recuerda la ocasión en que vio a un joven que arrastraba a un perro famélico. Fue en La Merced. Increpó al muchacho, quien no sólo hablaba de tener derecho de tratar como él quisiera al animal, sino que intentó agredirla. Tuvo que intervenir Marco Antonio. Después de un largo forcejeo, el chamaco aceptó venderles el perro en 400 pesos.

Pero una de las peores experiencias fue aquella en la que una amiga adoptó un rottweiler, una pastor alemán y un dálmata. Los llevó con un entrenador para que los enseñara a convivir. Después de un mes le dijeron que los podía dejar solos y así lo hizo. A las tres horas regresó a su casa. Encontró sangre por todos lados. La perra yacía ensangrentada. La llevó con el veterinario, en la colonia Narvarte, quien le dijo que se podía salvar y le cobró dos mil pesos. El médico terminó por sacrificarla.


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