Una luz de esperanza para todos
Por Marcia Lara
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Animales cautivos
La verdad no estoy de acuerdo con la existencia de los zoológicos, de los espectáculos de entretenimiento que incluyen a animales no humanos, como corridas de toros, peleas de gallos, delfinarios y circos, o de los eventos catalogados como deportivos, donde el trofeo a obtener es la muerte de un animal.
He tenido la dicha de aprender que el respeto puede y debe extenderse a toda forma de vida; que las plumas, el hocico, el rabo o las escamas no deben servir como excusa para abusar de quienes las poseen. Siglos atrás la cantidad de melanina en la piel o el aparato reproductor de los seres humanos eran signos que se interpretaban de manera convenientemente ventajosa por quienes deseaban sacar provecho de ello. Ahora las diferencias existentes entre las especies no humanas y la humana son aún usadas como pretextos para usar y abusar de los que se consideran carentes de alma.
Utilizados como simples objetos o prestadores de algún servicio al hombre, millones de animales son sacrificados sin el más mínimo remordimiento de conciencia; sí, la conciencia de la que tanto nos vanagloriamos, la que se remite a aceptar que causar sufrimiento y muerte a un animal humano es un acto malo y reprobable, la que bajo un manto de excusas nos da permiso de consentir la tortura y el sufrimiento de esos seres no humanos con los que compartimos el planeta.
En los recientes casos en que se han visto involucrados dos zoológicos de nuestro Estado, en uno se da el claro ejemplo de desinterés y falta de responsabilidad y sensibilidad hacia sus huéspedes, y en el segundo, el manejo atinado de una situación perfectamente predecible, como ejemplo del interés que se tiene hacia una labor de suma relevancia.
En ambos casos los felinos fueron los principales protagonistas. En el primer caso, el zoológico de Tizimín se convirtió en la antítesis de las observancias mínimas que deben operar en un centro que alberga especies animales cautivas y por ende vulnerables al trato que reciban.
La muerte de un león por inanición y la de un jaguar por falta de atención médica deberían causar preocupación no sólo entre los miembros defensores de los animales no humanos, sino entre la gente que se ocupa por las causas humanas. La indiferencia, la ausencia de empatía, la irresponsabilidad e inclusive la crueldad son actitudes contradictoriamente humanas; ¿por qué, entonces, no alarmarse con estas conductas que mucho nos alejan del humanismo? En el hecho acaecido en el parque zoológico del Centenario, en el que un empleado fue atacado por un tigre al descuidar las medidas de seguridad durante su labor, el personal actuó de manera acertada al ocuparse y cerciorarse de que los implicados (humanos y no humano) salieran del accidente sin consecuencias graves.
Los recursos materiales que se disponen a un centro de reclusión animal para prestar la debida atención a los inquilinos que permanecen condenados a la cautividad de por vida: alimentos, medicamentos, instalaciones y actividades planeadas para una estancia digna en dichos centros, son fundamentales. Pero los recursos humanos destinados a paliar la inconveniencia de los animales de vivir fuera de sus hábitats y brindarles los cuidados a que tienen derecho son insustituibles.
El equipo de trabajo que interactúe con especies diferentes a la humana debe estar consciente de la importancia y del privilegio de ser custodio del bienestar de los seres cuya integridad depende totalmente de los actos de los hombres, entre los cuales la omisión o el entusiasmo pueden hacer la diferencia entre un buen o un mal resultado.
El manejo correcto del incidente del Centenario nos da luz y esperanza de que se trabaja por cambiar la triste realidad a que se enfrentan y sufren los animales en cautiverio y, aunque muchos nos oponemos a la existencia de estos centros de confinamiento, tenemos que reconocer que en nuestro zoológico se actuó de la mejor manera posible. Mi reconocimiento sincero a todo el equipo “humano” del Centenario.— Mérida, Yucatán.
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